MOVIMIENTO ANTORCHISTA NACIONAL

Un mensaje de Marx para la juventud

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  • 143 años después de la muerte de Marx, su pensamiento guía a los jóvenes hacia una vocación de servicio colectivo

En el Cementerio de Highgate, al norte de Londres, la tumba de Karl Marx resguarda la memoria de uno de los pensadores más influyentes de la historia. 

Durante su sepelio, el 14 de marzo de 1883, su inseparable amigo y colaborador, Friedrich Engels, pronunció unas palabras que resonarían con el paso de los siglos:

"El mayor pensador viviente ya no pensará más. El mundo sentirá pronto el vacío que deja la muerte de este titán. Su nombre y su obra perdurarán a través de los siglos".

Los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modos el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo; la filosofía debe abandonar la contemplación utópica para convertirse en palanca de cambio real.

143 años después, la profecía de Engels se mantiene incólume: Marx ha trascendido su propia existencia física para instalarse en el núcleo del pensamiento crítico y la transformación social.

Marx no sólo revolucionó el campo de la ciencia social, sino que modificó para siempre la comprensión de la vida en sociedad. 

Nacido el 5 de mayo de 1818 en Tréveris (Renania, Alemania), su juventud estuvo marcada por las agitaciones políticas de una Europa central que reclamaba libertades y unificación. 

En ese contexto de ebullición ideológica, se doctoró en filosofía a los 23 años, iniciando una trayectoria que lo llevaría a cuestionar los cimientos mismos del pensamiento occidental.

Junto a su inseparable amigo y compañero Friedrich Engels, emprendió una crítica radical a filósofos como Hegel y Feuerbach, pero fue en 1845 cuando plasmó su tesis más contundente: "Los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modos el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo" (Tesis sobre Feuerbach, XI). 

Este postulado representó un parteaguas: la filosofía debía abandonar la contemplación utópica para convertirse en palanca de cambio real.

Sin embargo, el germen de esa vocación transformadora del Prometeo de Tréveris puede rastrearse en un texto temprano y conmovedor: Reflexiones de un joven para la elección de su profesión, escrito por Marx a los diecisiete años como ejercicio escolar en el Gimnasium Real de Tréveris (1835).

En apenas siete páginas, el joven alumno esboza una crítica que, leída hoy, resuena con una vigencia asombrosa: la condena al individualismo como motor de las decisiones vitales.

Marx plantea dos criterios fundamentales para elegir una profesión. El primero es la realización personal: la carrera no debe elegirse en función del dinero, la fama o el prestigio, sino como un medio para desplegar todo el potencial humano y alcanzar así la plenitud y la felicidad. 

Lejos de una recomendación ingenua, esta idea encierra una profunda advertencia:

"Si hemos escogido una profesión para la que no poseemos el talento [...] comprenderemos pronto, con vergüenza, nuestra propia incapacidad [...] El desprecio de sí mismo es una serpiente que roe el pecho y chupa la sangre de la vida del corazón".

El segundo criterio, inseparable del primero, es el compromiso con la humanidad: la profesión debe contribuir al bienestar colectivo:

"Mas la guía principal que debe dirigirnos en la elección de una carrera –escribe Marx– es el bienestar de la humanidad y nuestra propia perfección. No debe pensarse que estos dos intereses pudieran estar en conflicto [...] la naturaleza del hombre está constituida de tal modo que sólo puede lograr su propia perfección trabajando para el bien de sus semejantes".

Esta ética, formulada por un adolescente del siglo XIX, interpela directamente a la juventud del siglo XXI. En un mundo donde la orientación vocacional suele subordinarse a las leyes del mercado –que privilegia no pocas veces, profesiones exprés en detrimento de un estudio riguroso de las humanidades y las ciencias–, las palabras del joven Marx adquieren un carácter casi profético. 

¿Cuántos jóvenes eligen una carrera por necesidad económica, sacrificando su vocación auténtica? ¿Cuántos terminan atrapados en el desprecio de sí mismos que Marx describió con implacable lucidez?

La vigencia de su mensaje no se agota en la elección profesional. Marx, “El Moro" para sus hijas, fue también un activista político consecuente que dedicó esfuerzos colosales a la educación de los obreros. 

Reunido con trabajadores, les explicaba economía, historia y filosofía, encarnando la figura del intelectual orgánico que rechaza el aislamiento académico para sumergirse en la realidad de su tiempo. Lejos del estereotipo del pensador de escritorio, fue un agitador, un propagandista, un educador del pueblo.

Su legado organizativo culminó en la fundación de la Asociación Internacional de Trabajadores (la Primera Internacional), que agrupó a obreros de Europa, Asia y América. Este dato resulta crucial: Marx no sólo pensó en la emancipación, sino que trabajó activamente para articular a los sujetos llamados a protagonizarla.

Su vida entera fue un testimonio de coherencia entre la teoría y la práctica, entre el análisis y la militancia.

De ahí que su ejemplo interpele a la juventud actual en un doble sentido. Por un lado, invita a estudiar con conciencia, a no acumular conocimientos estériles sino a convertir el saber en herramienta de transformación.

Por otro, exige tomar partido: educar al pueblo para que, comprendiendo las causas de sus males, se decida a luchar contra las injusticias. Parafraseando al poeta español Blanco Belmonte, se trata de superar el egoísmo torpe que pide "sólo el pan nuestro" para aspirar, colectivamente, al "pan para todos".

En una sociedad donde el individualismo se ha exacerbado hasta convertirse en dogma, las reflexiones del joven Marx no sólo son vigentes, sino urgente alimento para el espíritu crítico. 

Leerlo no es un ejercicio de arqueología intelectual como muchos apologistas del capital quieren tratarlo, sino una toma de posición ante el mundo. Como él mismo enseñó, no basta con interpretar la realidad: se trata de transformarla.

Que la juventud se sumerja en el mar de conocimientos que nos legó Karl Marx. Que recupere su ejemplo como militante, como educador y como organizador. Que haga suyas aquellas palabras escritas a los diecisiete años y las convierta en brújula para elegir no sólo una profesión, sino un camino de vida: la búsqueda incansable de un mundo más justo y humano. ¡Esa es la tarea; esa es la meta! ¡Adelante!

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