MOVIMIENTO ANTORCHISTA NACIONAL

CRÓNICA | Tlaxcala: ¡Antorcha muestra fuerza!

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  • Más de 3 mil 500 asistentes llenaron la Plaza de Toros Jorge “El Ranchero” Aguilar por los 35 años de Antorcha en el estado

Los primeros rayos del sol del 26 de abril no encontraron a Tlaxcala dormida. Antes de que la luz se extendiera por las calles, algo distinto ya se movía: pasos firmes, voces bajas, el murmullo de quienes saben a dónde van. 

Desde las 6 de la mañana —y en muchos casos desde mucho antes— comenzaron a llegar los contingentes a la Plaza de Toros Jorge “El Ranchero” Aguilar. No venían por inercia ni por compromiso superficial. Venían de Nanacamilpa, Tlaxco, Huamantla, Santa Cruz y de buena parte de los municipios del estado, confluyendo como corrientes diversas en un mismo cauce: la organización.

“La pobreza no es casual ni inevitable sino resultado de un sistema que concentra la riqueza y precariza la vida de las mayorías”.

“Salimos a las 5, pero ya había gente esperando desde antes”, contó un hombre de Nanacamilpa mientras extendía una lona sobre las gradas. Su testimonio se repetía, con variaciones mínimas, entre quienes iban ocupando el espacio. 

Familias enteras, jóvenes estudiantes, comerciantes ambulantes, campesinos y obreros llegaban envueltos en el frío de la mañana, pero también en una convicción que no se improvisa. No era una asistencia forzada: era una decisión consciente.

Poco a poco, la plaza comenzó a transformarse. Primero fueron pequeños grupos dispersos; después, filas compactas que avanzaban ordenadas; finalmente, un lleno que no necesitó anuncios: más de 3 mil 500 personas ocupaban cada espacio disponible.

El murmullo inicial dio paso a consignas, aplausos y una energía compartida que rompía con la idea de un pueblo pasivo. Ahí, Antorcha no era sólo una palabra: era presencia, era cuerpo, era voz colectiva.

Las presentaciones culturales, lejos de ser un complemento, reforzaban el sentido de pertenencia. “Me gustó mucho todo”, dijo una joven de Santa Cruz, aún con el entusiasmo visible.

“No pensé que fuera así… uno viene y se lleva algo más que un rato”. A su lado, una mujer mayor asentía: “Es bonito, pero también hace pensar”.

Ese cruce entre emoción y conciencia se hizo más evidente con la llegada de Aquiles Córdova Morán, líder nacional del Movimiento Antorchista. Eran poco después de las 7 de la mañana cuando su presencia fue recibida con aplausos que nacían del reconocimiento, no de la formalidad. La gente lo esperaba desde temprano, no por costumbre, sino porque entendía el peso de su palabra.

Su intervención fue directa, sin adornos innecesarios. Planteó que la lucha del pueblo no puede limitarse a resistir ni a gestionar necesidades inmediatas. 

Debe aspirar a algo más profundo: la conquista del poder político como condición para transformar la sociedad desde sus cimientos. No era una consigna hueca, sino una idea sostenida en una visión estructural.

“Organizarse no es un delito ni implica violar ninguna ley; es un derecho básico del pueblo”, afirmó. La frase no se perdió en el aire. Encontró eco en quienes han hecho de la organización una herramienta cotidiana. Para muchos, no se trataba de una teoría aprendida, sino de una práctica vivida.

Córdova Morán fue más allá: señaló que la pobreza no es casual ni inevitable, sino resultado de un sistema que concentra la riqueza y precariza la vida de las mayorías.

Por ello, insistió en la necesidad de elevar la conciencia del pueblo, de entender las causas profundas de la desigualdad y de actuar colectivamente para transformarlas.

Más tarde, el dirigente estatal Isaías Chanona Hernández tomó la palabra. Su discurso aterrizó esas ideas en la realidad de Tlaxcala. Habló de trabajadores obligados a duplicar jornadas, de salarios que no alcanzan, de familias que sobreviven en condiciones adversas. No era una descripción lejana: era la vida diaria de muchos de los presentes en el evento.

“Tenemos una gran tarea: crecer, organizarnos y sumar a más ciudadanos a esta lucha”, dijo, mirando hacia las gradas llenas. Su llamado no fue retórico, sino una invitación concreta a fortalecer la organización como vía de cambio.

Entre el público, las voces coincidían en una idea: el evento había valido la pena. “Venimos de Tlaxco y no nos arrepentimos”, comentó un campesino. “Aquí uno entiende mejor por qué pasan las cosas”. Otro, de Huamantla, añadió: “Esto nos da fuerza. Saber que somos muchos cambia todo”.

Y quizá ahí radicó el sentido más profundo de la jornada: en la confirmación de que Antorcha está más viva que nunca. No como consigna repetida, sino como realidad palpable y concreta. Se veía en la diversidad de los asistentes, en la disciplina, en la atención sostenida durante horas. Se sentía en la manera en que personas de distintos municipios se reconocían como parte de un mismo proyecto.

Cuando el acto comenzó a concluir, el sol ya dominaba el cielo. La plaza se fue vaciando lentamente, pero lo vivido no quedó ahí. Cada asistente se llevó algo más que el recuerdo: ideas, reflexiones, compromisos.

Decir que se hizo historia puede parecer exagerado. Pero basta observar el esfuerzo colectivo, la claridad de los mensajes y la respuesta del pueblo para entender que no fue un acto más. Fue la reafirmación de que la organización sigue siendo posible, necesaria y vigente.

En Tlaxcala, ese 26 de abril no sólo se celebraron 35 años de lucha: se hizo evidente que existe una fuerza social que no se rinde. Que se levanta temprano, que se organiza y que está dispuesta a transformar su realidad. Y en esa fuerza política, firme y creciente, se encuentra el verdadero significado de un pueblo que ha decidido amanecer organizado.

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