Llegué a Chiapas con una imagen prestada, de esas que fabrica el prejuicio antes de que la realidad se digne a aparecer. Pensé que, de coincidir con la liberación de Raúl Orión Jiménez García —sí, aquel hombre que se encontraba en la cárcel injustamente desde el 29 de abril—, lo vería hundido en ese mutismo espeso que deja el encierro, quizá refugiado en el abrazo de su familia, tal vez huyendo del bullicio que puede ser agotador. Porque todos sabemos, aunque no lo hayamos padecido, que la prisión no es un tránsito aséptico: envenena el ánimo.

Pero al parecer Chiapas, como los antorchistas, se especializa en desmentir pronósticos. Era domingo 10 de mayo. Una noche antes se hizo pública su liberación. El sol aún no terminaba de estirarse sobre la casa donde nos hospedábamos cuando allí estaba él, sentado con la parsimonia de quien ha comprendido que el tiempo no es un verdugo. Raúl Orión. Sin aspavientos. Sin la pose de la víctima recién liberada. Lo vi ayudar a preparar el desayuno. Lo vi servir con una sonrisa que ahora sé —porque la gente me lo advirtió y yo, incrédula, tuve que comprobarlo— es su sello: amable, tersa, sin la cursilería de los falsos humildes.
Y cuando regresamos a la casa al caer la tarde, después de la jornada de eventos, ¿adivinen quién estaba frente a las ollas, cocinando para más de 50 compañeros artistas que iban de gira por Chiapas? Él mismo. Raúl Orión. Repartió plato por plato como si aquello fuera su única misión en el mundo, mientras los grupos culturales ensayaban a un costado y yo, observadora de esta pequeña liturgia, sentía cómo mis prejuicios se desmoronaban como muros viejos.
Cuando los sones jalisciences cesaron y el Mariachi Nacional guardó sus instrumentos, nos acercamos a él. Uno por uno. Todos pasamos a abrazarlo. Alguien gritó —y luego muchos corearon— esa consigna que a mí me parece justa como pocas: “Se ve, se siente, tenemos dirigente”. Bien lo dijeron las personas que días antes, al responderme por qué exigían que regresara Raúl Orión libre, con sus voces entrecortardas y sus ojos inundados de ese brillo que antecede al llanto.
Chiapas es el estado más pobre del país, de acuerdo con el INEGI, el 66% de su población vive en pobreza multidimensional y el 28% en pobreza extrema. Pero tiene a Antorcha. Tiene a hombres luchadores sociales, como Raúl Orión. Y tiene a una pléyade de activistas forjados en la adversidad, acostumbrados a que la autoridad les fabrique delitos como si fueran telarañas, acostumbrados a que les quieran arrancar a sus dirigentes para ver si así la lucha se desploma. No lo lograron.

El lunes 11 de mayo, Orión tomó la palabra en un evento del 10 de mayo. Y entonces entendí aquello que los vecinos de la colonia “El Porvenir” me habían anticipado: este hombre no es un líder de escritorio ni de reflectores. Es un maestro. Un poeta de pies en el lodo. Un tipo que, como él mismo confesó, lleva 15 años en Chiapas “dando un poquito de lo que yo puedo”. Da clases, le gusta la poesía, escucha a sus compañeros cantantes, los ve bailar y trata de enseñar cualquier cosa que sea útil a los demás.
Pero su discurso —el que hoy subrayo con el color de la admiración— tuvo una frase que se me clavó en el pecho. Tomó las palabras de un poeta guatemalteco y las hizo suyas: Podrá flaquear el cuerpo miserable, pero jamás el pensamiento mío. Más fuerte se alzará, más arrogante, porque nosotros los antorchistas amamos la libertad más que a la vida y no nacimos para inclinar la frente.
Orión dijo que su delito —el único que pudo haber cometido— es no rendir pleitesía, no agachar la cabeza, no quedarse conforme como esa multitud que no se organiza ni lucha. Dijo que cuando quieren entambar o desaparecer a un antorchista, salen 100, salen 200, salen miles a defender las causas de los pobres. Dijo que desde pequeño su madre le enseñó a organizar vecinos y a quitarse, si es necesario, el pan de la boca para dárselo al que más lo necesita. Ése es su único pecado.
Mientras hablaba, yo recordaba a Miriam Salgado Trujillo, vecina de “El Porvenir”, que me había contado con una mezcla de alegría y tristeza que gracias a Antorcha tienen agua, luz, terrenos regularizados. Recordaba a Araceli Espinoza Bautista, que apenas pudo contener las lágrimas al decir: “Eso es lo que se necesita aquí en la colonia, para levantar los ánimos hoy que no está nuestro líder”. Y luego, con la voz entrecortada y los ojos inundados: “Sí nos duele porque no es justo que esté ahí”.
Pero ya no está. Salió. Y no sólo salió: se incorporó al trabajo al día siguiente, como si el encierro hubiera sido apenas una sombra pasajera.
Hoy, mientras escribo esto en el camino de regreso a Puebla, llevo conmigo una certeza que no pretende ser objetiva porque las certezas del alma nunca lo son: Chiapas, el estado más empobrecido de México, tiene un tesoro que no cotiza en bolsa. Tiene a Raúl Orión y a sus compañeros de lucha. Gente que, como él, aprendió que para cambiar las condiciones de vida de 130 millones de mexicanos hay que alzar la cabeza, alzar la voz, encabezar causas justas. No nacieron para inclinar la frente.

Y yo, que me conmuevo hasta los huesos con esta sociedad que pelea, regreso con el corazón henchido de esperanza. Porque vi a un hombre libre cocinar para 50 compañeros. Vi a una estado entero exigir justicia con arte.
Y eso no tiene precio. Ni perdón para los que aún creen que pueden doblegar a quienes aman la libertad más que a la vida.
0 Comentarios:
Dejar un Comentario