MOVIMIENTO ANTORCHISTA NACIONAL

Inició el Mundial 2026, ¿y?

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  • La justa deportiva dará 57 % más ganancias a corporativos mientras las lluvias colapsan hogares en Jalisco

El Mundial de futbol 2026 ya arrancó en el Estadio Akron de Zapopan, Jalisco. La propaganda oficial promete fiesta, turismo y una millonaria derrama económica para el estado; mientras tanto, la clase gobernante y los empresarios celebran en los palcos del estadio. 

El Mundial no es una fiesta popular; es un mecanismo diseñado para privatizar las ganancias del uso del espacio público, transfiriendo la riqueza social directa hacia las cuentas bancarias de las grandes corporaciones.

A pocos kilómetros de ahí, la gente sufre los estragos del temporal de lluvias. Para las familias trabajadoras, la lluvia no es un espectáculo, sino el peligro constante de perderlo todo. 

¿Qué significa realmente este torneo para los obreros, empleados, choferes y vecinos de las colonias populares? Significa que la inversión pública priorizó —en monto y celeridad— tener todo listo para esta justa deportiva, pasando por encima de las verdaderas crisis del Área Metropolitana de Guadalajara (AMG), como las inundaciones crónicas. 

El Mundial 2026 sirve al gran capital: los propios datos de la FIFA, al proyectar ingresos récord de once mil millones de dólares (un incremento del 57 % respecto a Qatar 2022), demuestran que el torneo es para los dueños del dinero, mientras la clase trabajadora es ignorada y despojada de sus espacios.

Esta realidad evidencia que el gobierno, del color que sea, funciona como un administrador que cuida los intereses de los dueños del capital nacional y mundial; la organización de la Copa del Mundo en Jalisco lo demuestra claramente. 

En los meses previos al torneo, el dinero de los impuestos —que nace directamente del esfuerzo de la clase trabajadora— se ejecutó con una rapidez descomunal. Hubo millones de pesos públicos para las obras mundialistas y para garantizar seguridad privada a los directivos de la FIFA. 

Para el gran capital siempre hay prisa y eficiencia. Sin embargo, esa celeridad desaparece cuando el pueblo exige soluciones estructurales a sus carencias históricas. 

El reflejo de este abandono se vive cada temporada de lluvias; a pesar de que la comunidad científica advierte que una precipitación de apenas quince milímetros por hora colapsa vialidades, las autoridades continúan ignorando el llamado. 

Con dicha lluvia, el transporte colapsa y los trabajadores pierden horas para volver a casa, arriesgan la vida en las corrientes e inundan sus hogares con agua sucia debido a una red de colectores y un sistema de drenaje severamente rebasados.

Ante la demanda de una renovación hidráulica profunda, los gobernantes siempre argumentan escasez presupuestal; no obstante, para los estadios y los negocios de la FIFA el dinero sobra.

La propaganda oficial insiste en que el Mundial traerá una gran derrama económica que beneficiará a todos los jaliscienses. Sin embargo, bajo el modo de producción capitalista, la economía no funciona así: la riqueza nunca permea hacia abajo, sino que se concentra en unas cuantas manos. 

El dinero de los turistas extranjeros no llega a las tiendas de la esquina, a las fondas ni a los vendedores ambulantes. Al contrario, las autoridades locales despliegan a las fuerzas policiales para aplicar los estrictos perímetros de exclusión comercial exigidos, limpiando las zonas turísticas de pequeños comerciantes locales. 

Los únicos que ganan son los monopolios: las grandes cadenas hoteleras, las corporaciones internacionales de alimentos y las empresas de transporte transnacionales. 

El Mundial no es una fiesta popular; es un mecanismo diseñado para privatizar las ganancias del uso del espacio público, transfiriendo la riqueza social directa hacia las cuentas bancarias de las grandes corporaciones.

Una de las pruebas más nítidas de este despojo se vive actualmente en el Centro Histórico de Guadalajara. Para instalar el FIFA Fan Fest en la Plaza Fundadores y la Plaza de la Liberación, el gobierno colocó vallas metálicas de gran altura. 

Estos muros no responden a la seguridad, sino a la necesidad de aislar a la población y obligarla a consumir exclusivamente las marcas de los patrocinadores oficiales. Esta medida destruyó la economía de los comerciantes locales; aunque se les prometió que el Mundial los impulsaría, terminaron cercados detrás de láminas de metal y lonas publicitarias. 

Así, el gobierno confiscó temporalmente el espacio público de los jaliscienses para convertirlo en un centro de consumo privado. La clase trabajadora ni siquiera puede compensar este desplazamiento asistiendo a los partidos en el estadio: con un salario mínimo que apenas cubre la canasta básica, adquirir un boleto significaría privar de alimento a su familia por meses. 

El Mundial es un lujo inaccesible. La clase trabajadora jalisciense aporta al territorio, padece el colapso vial, financia la seguridad de los extranjeros con sus impuestos y sufre las inundaciones, pero tiene estrictamente prohibido ingresar a la fiesta.

Esta profunda división no es una casualidad ni un error de organización de última hora. En realidad, es el reflejo exacto de cómo funciona nuestra sociedad bajo el modo de producción capitalista, donde unos pocos se quedan con el fruto del esfuerzo y del trabajo de la mayoría. 

Vivimos en una sociedad dividida en clases, donde el pequeño grupo que tiene el poder económico y político decide las prioridades de la ciudad, mientras que la inmensa mayoría de la gente de a pie debe adaptarse, callar y sufrir las consecuencias. 

El albañil que ayudó a modernizar los accesos viales, la mujer que limpia las áreas ejecutivas del estadio y el chofer que transporta a los visitantes internacionales forman parte del motor que hace posible este megaevento. Sin embargo, el sistema está diseñado de tal forma que ellos produzcan la riqueza, pero tengan prohibido disfrutar de ella. 

Al terminar su jornada laboral, este motor humano es expulsado hacia la periferia, regresando a casas dañadas por la humedad y calles convertidas en auténticos ríos debido a la falta de un sistema de drenaje digno.

Esta situación también pone al descubierto el papel real que juegan los medios de comunicación masivos y las campañas publicitarias del Estado. Durante meses, se nos ha bombardeado con la idea de que el Mundial es una bendición para Jalisco, un orgullo nacional que nos pondrá en los ojos del mundo entero. 

Esta estrategia busca crear una ilusión de unidad colectiva, una falsa idea de que todos los habitantes de la ciudad ganamos lo mismo con el torneo. Intentan hacernos creer que los intereses de los dueños de los hoteles de cinco estrellas son exactamente los mismos intereses que los de una madre soltera que trabaja largas jornadas en una maquila o un obrero en una fábrica de calzado. 

Se utiliza el nacionalismo y la emoción deportiva para ocultar la cruda realidad del abandono social y la falta de servicios básicos. La publicidad oficial funciona como una cortina de humo que intenta tapar los baches, las inundaciones y el descontento popular, desviando la atención de los verdaderos problemas estructurales de la ciudad hacia un espectáculo pasajero.

Ante un panorama tan injusto, queda claro que la clase trabajadora jalisciense no puede quedarse cruzada de brazos esperando que los gobernantes cambien de opinión.

La historia nos enseña que los derechos y las mejoras en las condiciones de vida de la gente pobre nunca han sido regalos de la clase gobernante; siempre han sido el resultado de la lucha popular por parte del pueblo organizado. 

Las inundaciones crónicas que año con año destruyen las pertenencias de miles de familias en el Área Metropolitana de Guadalajara no se van a resolver con promesas de campaña ni con discursos. Tampoco se van a solucionar esperando pacientemente a que termine el Mundial para ver si sobra algo de dinero en el presupuesto público una vez que los grandes empresarios hayan cobrado sus ganancias. 

Exigir obras hidráulicas de fondo, colectores eficientes y una planeación urbana que priorice la vida digna de las personas sobre los negocios de los estadios requiere que los propios afectados dejen de ver estos problemas como desgracias individuales de la naturaleza y los entiendan como un problema colectivo que debe ser enfrentado en la misma magnitud y dirección, de manera colectiva.

La única alternativa real para cambiar el rumbo es la organización de la clase trabajadora, los afectados año con año por el temporal de lluvia, como un solo hombre y un solo ideal, y que den la lucha popular por conquistar una vida digna. 

El Mundial de futbol 2026 pasará a la historia; las luces de los estadios se apagarán, los turistas se marcharán a sus países de origen, los patrocinadores internacionales se llevarán sus miles de millones de dólares a sus cuentas bancarias en el extranjero y los palcos VIP del Estadio Akron quedarán vacíos a la espera de otro evento lucrativo. 

Sin embargo, las lluvias seguirán llegando a Guadalajara y el agua sucia continuará amenazando las puertas de los hogares de las colonias populares si no decidimos cambiar las cosas desde la raíz. 

Este torneo nos vuelve a mostrar de manera contundente que cuando el gran capital tiene un interés económico de por medio, el dinero público aparece de inmediato por arte de magia y las obras se terminan a tiempo con una eficiencia descomunal. 

Por lo tanto, el problema de Guadalajara nunca ha sido la falta de recursos económicos; el verdadero problema es el modo de producción capitalista que prefiere el beneficio y la diversión de unos cuantos millonarios por encima de las vidas y la seguridad de las mayorías. Otra vez, la terca realidad nos lo vuelve a recordar.

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