• 52 años después de su fundación, nuestra organización recuerda a quienes cayeron con firme convicción
Hace unos días nos reunimos para recordar un año más de la ausencia física de cientos de antorchistas (que trabajaron por lograr organizar y concientizar, a lo largo y ancho del país, a decenas de miles de campesinos, obreros, pequeños transportistas y comerciantes, así como a miles de estudiantes y amas de casa).
El que muere por la lucha de Antorcha y la emancipación del pueblo trabajador no es cubierto por la niebla del olvido, que es la más terrible de las muertes.
Estos activistas dedicaron su vida a construir la organización de los pobres; con su invaluable ejemplo, hoy y todos los días, nos impulsan a continuar en la lucha, hasta lograr un mundo mejor, que es la meta que nos planteamos hace ya más de 52 años, y por la que seguimos luchando diariamente. Los muertos atrapan a los vivos, ellos nos gritan que debemos continuar su obra.
El pueblo tiene diferentes formas de recordar a sus muertos, según sus costumbres y cultura. En Antorcha no lo hacemos con afán de adoración o culto a la muerte, aunque la nostalgia y el revivir en la memoria de golpe su muerte trae consigo el recuerdo doloroso de nuestros mártires.
Por esto cada año los homenajeamos con un acto luctuoso, político y cultural; en ese acto recordamos a nuestros compañeros caídos. Este evento anual atiza la llama del entusiasmo eterno y nos hace retomar su ejemplo y espíritu de lucha en defensa de los intereses del pueblo pobre de México.

Desde los primeros días de existencia de Antorcha, muchos luchadores cayeron víctimas de las balas asesinas, de las fuerzas reaccionarias y conservadoras que se opusieron a que un pueblo tan atrasado como era Tecomatlán, Puebla, donde nació el Movimiento Antorchista, progresara la lucha, la cual se ha extendido a todo México.
Pese a las dificultades, los frutos de su trabajo se ven reflejados en la consolidación del Movimiento Antorchista Nacional; estamos de pie, más fuertes que nunca y luchando diariamente por hacer de nuestra patria algo más digno de ser vivido.
Nuestros mártires no han muerto. Viven en cada obra que hemos logrado a lo largo de estos años, en cada colonia organizada que obtiene sus servicios y donde los colonos obtienen también un pedazo de patria para vivir; viven en cada escuela construida que educa a los hijos de los trabajadores, en cada campesino que alza la voz para defenderse de las injusticias, en cada grupo cultural que nos sensibiliza para enfrentar la deshumanización actual (grupos culturales formados por Antorcha en todo el país y que crean el arte para los trabajadores).

Viven en cada marcha que necesitamos hacer para lograr la solución de nuestras demandas, en cada niño que estudia y transforma su conciencia, en cada mujer que se atreve a exigir un futuro distinto para ella y su familia.
Así como a inicios de nuestra lucha fuimos amenazados por poderosas fuerzas que querían controlar el destino de los pueblos, en los tiempos que corren, la amenaza continúa, y ahora es mayor, pues el peligro ya no sólo es contra la organización, ahora es en contra de todo el pueblo trabajador de nuestro país; ahora se amenaza la soberanía y la libertad de nuestra patria; pero la solución sigue siendo la misma: la organización férrea del pueblo trabajador.
Sólo así, organizados, decididos y educados nos podremos defender del gigante que nos amenaza.
No lo debemos dudar: hoy es momento de refrendar esa convicción y es por eso que toma gran relevancia el ejemplo que nos dejaron los compañeros ausentes.

El que muere por la lucha de Antorcha y la emancipación del pueblo trabajador no es cubierto por la niebla del olvido, que es la más terrible de las muertes. “Morir por Antorcha no es morir, morir por Antorcha es vivir”, así dice nuestra consigna y esa es la realidad: nuestros compañeros caídos serán siempre recordados por sus hermanos de lucha, mientras uno de nosotros siga en esta tierra.
Los recordaremos con cariño y orgullo por su entrega, consecuencia y sacrificio. Por eso viven en nuestra memoria, y cada año igual que en 1982 (que fue el primer año que celebramos a nuestros muertos), nos seguiremos dando cita en la cuna de Antorcha, en Tecomatlán, Puebla, ahí donde cayeron los primeros mártires, los que sembraron la semilla con sus ideales; semilla que germina en cada uno de los antorchistas, para marchar hacia el mausoleo de los imprescindibles, pues fueron consecuentes y lucharon toda su vida por un mundo mejor.
Debemos refrendar una vez más nuestra firme convicción de seguir luchando, no claudicar, no olvidar y no ceder, a pesar de los obstáculos presentes y futuros. Porque la justicia para nuestros mártires se conquista luchando con denuedo día a día, porque sus nombres no sólo están escritos en las lápidas, lo están, sobre todo, en nuestra conciencia.
Hoy volvemos a la lucha cargados con la fuerza de su ejemplo y la llama de nuestros corazones ardiendo. Seguros de lo justo de nuestra causa y esperanzados en su triunfo.
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