MOVIMIENTO ANTORCHISTA NACIONAL

Nicaragua y el mundo multipolar

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Once años ocuparon los nicas para llegar a la recta final de su proceso revolucionario. La década de los setentas fue para los países centroamericanos el origen inmediato de sus gestas revolucionarias, particularmente Nicaragua y El Salvador.

La historia centroamericana está muy emparentada con México y fue hasta el inicio de la gesta independentista mexicana cuando, los hoy países centroamericanos, también lucharon por su independencia.

En medio de la represión, inspirados en la Revolución Cubana, pero con férrea convicción del triunfo, surgió el Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN), cuya cabeza visible era, en la década de los 70, Daniel Ortega.

Centroamérica fue una sola, hasta que los intereses de la naciente burguesía y los terratenientes exigieron sus derechos para la explotación de sus connacionales y las riquezas naturales, así fue apareciendo Belice, Guatemala, El Salvador, Honduras, Nicaragua, Costa Rica y Panamá.

Aunque Panamá es otra historia, ingleses y norteamericanos instigaron su separación de Colombia: “La privilegiada ubicación geográfica de Panamá determinó su historia y, de paso, la de Colombia. Ambos países eran uno solo a finales del siglo XIX y principios del siglo XX, cuando el territorio panameño empezó a ser muy codiciado” (BBC News, noviembre 23, 2023).

La vida de Centroamérica, desde Belice hasta Costa Rica, ha transcurrido por caminos muy semejantes: “son muy dependientes de cuatro productos de exportación tradicionales: el banano, el café, el algodón y el azúcar” (CEPAL, 1994).

Los beneficiarios de esa riqueza natural nunca han sido los centroamericanos, sus millonarios no merecen el privilegio de la revista Forbes, la empresa que más beneficio obtuvo fue la United Fruit Company (UFCO), que llegó a poseer hasta el 40 % de la tierra cultivable en Guatemala (Animal Político, junio 4, 2021).

La Central Intelligence Agency (CIA) y la UFCO provocaron los más terribles actos de barbarie en contra de los gobiernos centroamericanos: Honduras en 1911 y en Guatemala en 1954 (El Financiero, agosto 13, 2022), por citar dos casos, aparte del financiamiento a “la contra” en Nicaragua, o a las fuerzas mercenarias que combatieron al Frente Farabundo Martí de Liberación Nacional en El Salvador.

La crueldad y barbarie utilizadas en contra de gobiernos o los ensayos revolucionarios de principios del siglo XX los conocemos en el libro “La guerra es un latrocinio”, escrito por un protagonista, el General Smedley Butler: “He servido durante 30 años y cuatro meses en las unidades más combativas de las fuerzas armadas estadounidenses: en la infantería de marina.

Tengo el sentimiento de haber actuado durante todo ese tiempo de bandido altamente calificado al servicio de los grandes negocios del Wall Street y sus banqueros. En una palabra, he sido un pandillero al servicio del capitalismo”, que así se describe por las guerras intervencionistas en las que participó. Mientras, los centroamericanos se hundían en la pobreza y la situación poco ha cambiado a casi 90 años de escrito este material.

Todo levantamiento, armado o político en cualquier país centroamericano, fue duramente reprimido, por la CIA o por la UFCO, en contubernio con los Gobiernos títeres.

Y, en medio de esa represión, inspirados en la Revolución Cubana, pero con una férrea convicción del triunfo, surgió el Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN), cuya cabeza visible era, en la década de los setenta, Daniel Ortega.

Podríamos considerar que la revolución sandinista fue un movimiento revolucionario latinoamericano, en contra de la dictadura de la familia Somoza y toda la maquinaria guerrerista encabezada por la CIA: jóvenes universitarios, obreros, mujeres, se apuntaron para apoyar a la Revolución Sandinista.

El asalto y caída del búnker donde se refugiaron los Somoza, una fortaleza de hormigón defendida por el ejército de élite, fiel al régimen de la familia gobernante, fue el símbolo de la caída de un gobierno que duró cuarenta y tres años. Pero su andar, los nicas, como se les llama amistosamente, lo han recorrido solos.

Solos contra las toneladas de propaganda en contra del gobierno sandinista y los actos de sabotaje maquinados y ejecutados por la CIA y su grupo representante, La Contra (El País, marzo 2, 2018), como Cuba, han construido su historia.

Luego del impasse del gobierno de Violeta Barrios de Chamorro, quien se declaró enemiga del socialismo sandinista, en el 2012, Daniel Ortega, el líder histórico del FSLN, inició su segundo período de gobierno. En el 2021 nuevamente gana la elección y desde 2022 inició su sexto periodo de Gobierno.

Cuando algún gobernante no es afín a los intereses norteamericanos y el poder económico imperial que representan, lo califican de dictador. Así llaman a Putin, el gobernante ruso; a Maduro en Venezuela; lo mismo ocurrió con Fidel Castro en Cuba, y lo repiten hasta el cansancio, hasta los más insignificantes conductores de cualquier medio de comunicación. La historia les ha dado un mentís.

El pasado 19 de julio, los nicaragüenses celebraron el 45 aniversario de su revolución. El acto fue festejado por el pueblo y su gobierno, y lo acompañaron los países progresistas del universo, los que postulan un mundo multipolar; los países del eje del mal, encabezados por Estados Unidos, simplemente ignoraron este hecho histórico, sus medios afines, también.

Debemos reconocer la valentía y el arrojo con el que los sandinistas han construido el destino de su nación. Daniel Ortega, denostado por las cúpulas imperiales, resiste y se suma al nuevo fantasma que recorre el planeta: la propuesta de un mundo multipolar, seguro de que es apenas un tibio pero firme camino hacia una vida más equilibrada, sin los contrastes insultantes entre ricos y pobres. Y como para dejar claro el rumbo nicaragüense, contundente, afirma: “Aquí no se rinde nadie”.

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