En un país donde las festividades públicas suelen medirse por su impacto económico, su capacidad cultural y su capacidad de atraer turismo, a menudo a costa de la seguridad, la convivencia familiar y la accesibilidad, la Feria de Tecomatlán, Puebla, emerge no sólo como una celebración, sino como un contundente manifiesto social.
Del 15 al 22 de febrero de 2026 habrá mucho más que una semana de actividades: es un modelo tangible de lo que ocurre cuando la comunidad, unida y con un propósito claro, toma las riendas de su propio desarrollo cultural y social.
Bajo el lema “La feria de la unidad entre los pueblos”, este evento, organizado para el periodo del 15 al 22 de febrero de 2026, es mucho más que una semana de actividades: es un modelo tangible de lo que ocurre cuando la comunidad, unida y con un propósito claro, toma las riendas de su propio desarrollo cultural y social.
La presidencia municipal y el Movimiento Antorchista invitan no a un espectáculo comercial, sino a un encuentro popular. Y en esa distinción radica su esencia: mientras en muchas regiones del país las “verbenas populares” se convierten en focos de consumo, donde la venta de alcohol y el ánimo de lucro priman, generando a veces entornos de riesgo, violencia e inseguridad, Tecomatlán elige otro camino.
Aquí, la gratuidad no es una casualidad, sino una conquista. Es el resultado de un año de trabajo colectivo, de rifas, colectas y el esfuerzo organizado de sus habitantes, el comité de feria, las escuelas y el apoyo del Movimiento Antorchista Nacional.
El objetivo no es “exprimir hasta el último quinto” a los asistentes, sino ofrecerles arte, cultura, deporte y esparcimiento de calidad sin costo.

Este enfoque transforma radicalmente la experiencia de las ferias. En lugar de ser un espacio donde la prioridad es el gasto, se convierte en un lugar de encuentro genuino: centenares de jóvenes, amas de casa, campesinos, empleados y adultos mayores convergen en un ambiente seguro y familiar.
Las actividades, desde el carnaval tradicional y los voladores de Papantla hasta los torneos de basquetbol interestatales, el concurso gastronómico de torta de queso en adobo, el jaripeo ranchero y los espectáculos escénicos como “Bodas de sangre”, del dramaturgo Federico García Lorca, no son simples distractores: son herramientas para “elevar poco a poco el nivel cultural y, por lo tanto, intelectual del pueblo”, como señala el maestro Aquiles Córdova Morán.
La feria, pues, es la punta de lanza de un proyecto de transformación social mucho más profundo. Tecomatlán no es un “pueblo mágico”, pero sí es un ejemplo extraordinario de progreso comunitario.
De ser un pueblo sumido en la miseria y el cacicazgo en los años setenta, pasó a ser reconocido en 2013 como una de las 25 mejores ciudades del mundo por el City to City Barcelona FAD Award. ¿Cómo? A través de la organización, la lucha y una inversión monumental en educación e infraestructura pública.

Hoy cuenta con centros educativos de todos los niveles, una Villa Estudiantil, una unidad deportiva de primer nivel, un balneario, auditorios y una plaza de toros. Y, significativamente, se enorgullece de tener una seguridad que nace de atacar las causas de la delincuencia: la falta de oportunidades y educación para los jóvenes.
La Feria de Tecomatlán es el escaparate festivo de este milagro cívico, es la prueba de que cuando el pueblo se organiza, puede crear espacios de disfrute que no sólo entretienen, sino que dignifican y unen.
La feria atrae a miles de visitantes de la región mixteca no con la promesa de alcohol barato o compras compulsivas, sino con la garantía de eventos de alta calidad, en un ambiente de paz y tranquilidad donde “uno se siente seguro”.
En su edición de 2025, la feria reunió a más de 130 mil personas, que desafiaron incluso un calor de 36 grados para ser parte de esta fiesta común.

En un México marcado por la polarización, la violencia y la mercantilización de la vida social, Tecomatlán ofrece un antídoto poderoso. Demuestra que otra forma de celebrar es posible: una que prioriza la convivencia sana sobre la ganancia, la cultura sobre el consumo vacío y la unidad comunitaria sobre el individualismo. Su feria no es un negocio; es un acto de fe en la capacidad organizativa del pueblo.
Por ello, la invitación a conocer Tecomatlán trasciende lo turístico. Es una convocatoria a presenciar y aprender de un modelo alternativo de desarrollo, es una evidencia de que la verdadera fiesta no es la que se paga caro y deja resaca, sino la que se construye entre todos, con esfuerzo, y que al final, en lugar de vaciar los bolsillos, llena el espíritu y fortalece los lazos sociales.
En tiempos donde prevalece el desencanto, Tecomatlán, con sus brazos abiertos, nos recuerda que la esperanza y el progreso genuino siguen siendo posibles desde lo local, lo organizado y lo colectivo.
Sigamos promoviendo más ferias como esta, porque, al final, celebrar también puede ser un acto de resistencia y de construcción de un país mejor.
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