Las familias yucatecas más humildes destinan hasta el 80 % de sus 4 mil 758 pesos mensuales sólo para subsistir
El encarecimiento de la vida en México continúa profundizando las condiciones de pobreza y desigualdad entre las familias más vulnerables. En estados como Yucatán, el impacto es aún mayor debido a los bajos niveles salariales y al alto porcentaje de población en situación de pobreza.
Urgen cambios estructurales y que el pueblo pobre se organice, se eduque y luche por una patria más justa y equitativa para todos.
Hoy, los hogares más humildes destinan la mayor parte de su ingreso únicamente a subsistir: el 10 % más pobre dispone en promedio de 4 mil 758 pesos mensuales, de los cuales entre el 75 y el 80 % se va en la compra de la canasta básica.
De acuerdo con datos recientes del Inegi, las Líneas de Pobreza correspondientes a marzo de 2026 reflejan un incremento sostenido en el costo de la canasta alimentaria y de bienes y servicios, superando incluso el nivel general de inflación.
En zonas urbanas, una persona necesitó al menos 4 mil 940.45 pesos mensuales para no ser considerada pobre; en zonas rurales, la cifra fue de 3 mil 553.46 pesos.
En cuanto a la pobreza extrema —es decir, el ingreso mínimo para cubrir la alimentación—, los montos se ubicaron en 2 mil 571.18 pesos en áreas urbanas y mil 940.37 pesos en rurales.
Este mismo informe no sólo confirma el aumento del costo de vida, sino que evidencia la situación crítica de miles de familias yucatecas cuyos ingresos permanecen estancados o crecen por debajo de estos indicadores.

Yucatán se ubica entre las dieciséis entidades con los salarios más bajos del país y, paradójicamente, registra una de las canastas básicas más caras del sur en lo que va del año.
El incremento anual de la canasta alimentaria fue de 7.9 % en el ámbito rural y de 8.1 % en el urbano, cifras muy por encima de la inflación general de 4.6 %. Esto significa que los productos esenciales —los que determinan si una persona puede alimentarse adecuadamente— están aumentando su precio a casi al doble del ritmo de la economía.
Entre los productos que más se encarecieron destaca el jitomate, con un aumento anual del 126 %, además de la carne de res, la leche y los alimentos preparados fuera del hogar.
El resultado es claro: menos comida en la mesa, menor calidad nutricional o la necesidad de endeudarse para subsistir. A esto se suman los incrementos en transporte, vivienda y educación, que también superan la inflación, elevando aún más el costo de vida en Mérida y su zona conurbada.
Y como si no bastara, se suma el aumento en el precio de la tortilla. En Yucatán, este alimento básico alcanzó hasta los 30 pesos por kilogramo en algunas tortillerías, especialmente en Mérida. Aunque el promedio es de 28.14 pesos, el Estado se ubica como el cuarto más caro del país en este producto esencial.

Para los yucatecos, el panorama es cada vez más complicado. A pesar del discurso oficial que presume crecimiento económico y del acuerdo de renovación del Paquete contra la Inflación y la Carestía (Pacic), encabezado por la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo junto con más de 30 empresas para mantener la canasta básica en 910 pesos, la realidad es distinta.
El 59.9 % de la población ocupada —alrededor de 749 mil personas— se encuentra en la informalidad o percibe salarios bajos, lo que limita seriamente su capacidad para enfrentar estos incrementos.
Sin duda alguna, el encarecimiento real de los productos, tanto alimentarios como de bienes y servicios, continuará precarizando las condiciones de vida de miles de familias yucatecas.
Urgen cambios estructurales y políticas públicas encaminados a corregir el rumbo para transformar radicalmente las condiciones de vida de las masas trabajadoras, creando suficientes empleos dignos, bien remunerados, suficientes para dignificar la vida material y espiritual de todos los ciudadanos, reorientar el gasto social que realiza el gobierno en obras y servicios para los pobres, implementar una política fiscal progresiva e impuesto a la riqueza acumulada o al patrimonio neto de las grandes fortunas.
Pero todo eso será posible a condición de que el pueblo pobre se organice, se eduque y luche por una patria más justa y equitativa para todos, es decir, que el pueblo tome las riendas en la conducción del destino de nuestro país. Nada más, pero nada menos.
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