MOVIMIENTO ANTORCHISTA NACIONAL

CRÓNICA | Chichicuilotes

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• Recuerdos sobre la vida en el lago de Texcoco y el aprovechamiento de sus recursos naturales

¿Usted me pregunta por qué le llamamos aquí El Salado y si yo he comido chichicuilotes? Sí, sí los he comido, pero hace tiempo, cuando era niño; sí, mucho tiempo, tanto que ya no me acuerdo de a qué sabían, pero creo que sí eran muy sabrosos. 

“Si queríamos comer carne de pescado, aquí en el lago, teníamos chipirines, arnejas, “marranitos”, tenacas, carpas, juiles, charales amarillos, pescados blancos, ranas y, cuando nos aburríamos o queríamos variar de sabor, sacábamos el ahuautle, el pochi”. 

Entonces los comprábamos por docenas; los vendían aquí en el mercado de Los Reyes, Tecamachalco o en Magdalena Atlicpac, en la plazuela que está frente a la iglesia; los cazadores los llevaban a vender. 

Comprábamos unas dos docenas, las guisábamos con pipián y ya con eso comía toda la familia. Claro que no era la gran cosa porque, con uno o dos pajaritos de ese tamaño, no nos llenábamos mucho que digamos pero al menos nos quitaba el hambre. 

También teníamos la opción de ir a agarrarlos nosotros, pero muchas veces los comprábamos, como ya le dije.

De hecho, nosotros, casi todos, sabíamos qué hacer y cómo hacer todas las labores del lago. Y cómo no lo íbamos a saber si desde niños nuestros padres nos habían ido enseñando todo. 

Desde siempre, o desde que nuestros abuelos y bisabuelos recordaban, seguramente desde que nuestros ancestros se asentaron en las riberas del lago de Texcoco, empezaron a aprender todo lo que era necesario para sobrevivir. 

A nosotros nos tocó ver poco, pero fue lo suficiente para saber que quienes vivimos en este lugar no necesitábamos casi nada para vivir bien. Teníamos casi todo.

Mire, si queríamos comer carne de pescado, aquí en el lago, teníamos chipirines, arnejas, “marranitos”, tenacas, carpas, juiles, charales amarillos, pescados blancos, ranas y, cuando nos aburríamos o queríamos variar de sabor, sacábamos el ahuautle, el pochi. Con una especie de cocido y filtrado sacábamos una comida que le llamábamos “requesón”. 

También obteníamos axayácatl, tepocates, ranas, ajolotes, acociles, aunque no sé por qué estos no los consumíamos mucho por acá y los teníamos que llevar a vender a Iztapalapa, Xochimilco, San Lorenzo, Tezonco y a veces íbamos hasta Milpa Alta.

En ocasiones, cuando se necesitaba mucha comida, por ejemplo en las fiestas patronales, el 3 de mayo o cuando nos hacían algún pedido grande, nos metíamos muy adentro del lago por varios días y hacíamos campamento en islotes. 

Habíamos aprendido a hacer casas: con tierra y pasto cortábamos pedazos del tamaño de un adobe, que colocábamos con el pasto hacia abajo e íbamos formando una pared, por ejemplo de un metro de alto, que luego cubríamos con ramas de sauce y después totalmente con espadaña o tule. 

Ahí descansábamos o dormíamos los días que teníamos que estar dentro del lago, en donde pescábamos día y noche.

La comida, es decir, tortillas, frijoles, quelites y todo lo que nos preparaban las mujeres en la casa, nos lo llevaban a diario en una canoa desde Atlicpac hasta donde estaba nuestro campamento de pesca. 

El encargado de llevarnos la comida, cuando regresaba al pueblo, se iba cargado con el pescado salado. ¿Que con qué lo salábamos? Con el tequesquite que aquí había por todos lados, aunque hay que decir que este lo obteníamos por costales en la época de invierno y sobre todo de sequía, pues el nivel del agua del lago bajaba mucho y, por la evaporación que sufría, dejaba el tequesquite a flor de tierra. 

Este tequesquite era de diferente calidad y aquí en El Salado era del mejor; por eso le llamábamos El Salado, porque salía buen tequesquite que también llevábamos a vender a donde ya le dije.

Sí, nosotros sabíamos hacer todo eso y todo lo que necesitábamos, por ejemplo, las redes para pescar, las cuales dependían de lo que quisiéramos pescar. 

Si queríamos sacar ahuautle o mosco, “el ojo” de la red era chiquito; tenían que ser de tejido fino. Para el charal podía ser más grande y para las carpas más grande todavía. 

Dice la gente: “según el sapo es la pedrada”. Yo le digo: según lo que queríamos sacar del lago era el tipo de red y su forma, que, hasta donde yo sé, nosotros usábamos las que nuestros ancestros inventaron de acuerdo con el tipo de pescado o mosco que queríamos sacar. Le quiero decir que, por cierto, se lo digo, eran muy eficientes. Ahora que ha pasado el tiempo y el lago casi ha desaparecido, ya no se hacen ni se venden.

Que, si queríamos carne de pato, también la vendían los cazadores que vendían estas aves, y tanto de unos como de otros había de diferentes tipos. Por ejemplo, de patos había: patos tepalcate, zambullidores, gallaretas, trigueros, cucharones.

De estas aves, por las que usted me preguntaba, nosotros distinguíamos cuatro variedades, aun cuando no le sé decir si era que cambiaban de color cuando emigran a otros lugares, pues lo hacen dos veces al año. 

Aquí los veíamos y comíamos, como le dije, en los meses de abril, mayo y junio; luego se iban y regresaban en septiembre, octubre y noviembre para irse otra vez. Sólo en esos meses podíamos comerlos.

Luego le platico otras cosas de aquí, del lago de Texcoco, de esta zona en que nos encontramos, Magdalena Atlicpac, pueblo de origen acolhua, ejemplo de desarrollo prehispánico y de sobrevivencia sin dañar el medio ambiente.

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