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CRÓNICA | “Está abandonado el campo: Concepción Vaca"

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A las 4:30 de la mañana, cuando la noche se resiste a irse y el día aún no se atreve a llegar, María Concepción Vaca López ya está de pie. En la comunidad de Piscila, en el municipio de Colima, el silencio todavía cubre las calles, pero en su casa la jornada comienza mucho antes que el sol. Junto a su esposo, se prepara para ir a la parcela, donde la tierra los espera con sus surcos de cacahuate, maíz, jamaica y calabaza.

El camino al campo se hace entre sombras y aire fresco. No hay prisa, pero tampoco pausa: la rutina está marcada por años de costumbre. Para ellos, sembrar no es solo trabajo, es la manera de sostener la vida, aunque cada vez cueste más; “si no sembramos, nos va peor, poquito que saquemos”, dice María Concepción, con la certeza de quien no tiene otra opción.

En la parcela, el día empieza a aclarar mientras las manos se ocupan. La jamaica, por ejemplo, no es cualquier cultivo; “Te aguatas el cuello, la cara y los brazos” -comenta- mostrando las manos manchadas de oscuro por el ácido que deja la flor. Es un trabajo duro, de esos que se quedan en la piel y en los huesos. Aun así, ella no se queja: “Me duelen las manos, pero a mí me gusta trabajar”.

Lo que pesa no es solo el esfuerzo físico, sino todo lo que rodea al campo. El fertilizante está caro, los herbicidas también; “Antes podíamos comprar de dos a tres pomos de herbicida, ahorita no”. La urea, necesaria para sembrar, sube de precio cada año y es casi imposible comprarla, ahora sólo compran unos sacos, pero al momento de vender, el producto vale poco. El maíz, por ejemplo, este año lo vendieron a seis pesos el kilo y ni siquiera en un solo pago; “Lo iban pagando poco a poco, mil 500 nos daban cada que íbamos a cobrar”.

La desigualdad entre lo que cuesta producir y lo que se gana es una constante. El cacahuate es lo que mejor se vende, alrededor de 70 pesos el kilo, y es ahí donde logran recuperar algo. “En el cacahuate sacamos más que en la jamaica, el maíz o la calabaza”, cuenta. Pero, incluso, eso no es garantía suficiente frente a los gastos y el esfuerzo invertido.

María Concepción recuerda que antes había más apoyo para el campo: "programas, insumos, ayudas que hacían menos pesado el camino. En este gobierno dijeron que iban a apoyar, pero, pura mentira, no que primero los pobres, ahorita no hay nada, está abandonado el campo”, afirma. Esa falta de respaldo ha dejado huella en la comunidad: muchas parcelas están abandonadas, y cada vez menos gente se anima a sembrar.

Aun así, ella y su esposo siguen. No por optimismo, sino por necesidad y por costumbre. Porque el campo, aunque duro, es lo único que conocen. “Del campo es donde se sacan las cosas”, como si resumiera en una frase la importancia de una tierra que alimenta, pero que también exige.

Cuando el sol finalmente se levanta por completo, la jornada apenas comienza. Y mientras el día avanza, María Concepción sigue entre surcos, con las manos marcadas y la esperanza medida en cosechas, sosteniendo con esfuerzo una forma de vida que, poco a poco, parece quedarse sola.

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