MOVIMIENTO ANTORCHISTA NACIONAL

El Mundial, ¿fiesta deportiva para el pueblo o negocio de ricos?

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• 48 selecciones disputarán el torneo mientras el consumo proyecta ganancias millonarias

El Mundial de Futbol 2026 se llevará a cabo en dieciséis estadios: once en Estados Unidos, dos en Canadá y tres en México.

Participarán 48 equipos, dieciséis más que en el Mundial de Qatar 2022, y habrá 40 partidos más que hace cuatro años. De las dieciséis ciudades sede, Estados Unidos acaparó 11: Atlanta, Boston, Dallas, Houston, Kansas City, Los Ángeles, Miami, Nueva Jersey, Filadelfia, el área de la bahía de San Francisco y Seattle; Canadá tendrá dos: Toronto y Vancouver; México contará con tres: Ciudad de México, Guadalajara y Monterrey.

La “fiebre” futbolera será capitalizada por las pocas familias que ya acumulan la riqueza en el mundo, quienes, ante la complacencia y toda la ayuda de los gobiernos anfitriones, aumentarán sus fortunas a costa de los países receptores.

La inauguración será el 11 de junio en el Estadio Banorte de la Ciudad de México, antes Estadio Azteca, y la final será el domingo 19 de julio en el Estadio MetLife, de East Rutherford, Nueva Jersey, ubicado a 35 minutos de Wall Street, Nueva York, el centro de las finanzas mundiales.

Hace tiempo y de manera anticipada estamos viviendo una fiebre futbolera impulsada por la mercadotecnia y la publicidad.

Podríamos decir que vemos promoción de futbol hasta en la sopa, lo que me sugiere que es necesario hablar al respecto de este torneo, del cual se puede decir mucho, pero sólo quiero referirme a algunos aspectos importantes que sirvan de reflexión a mis posibles lectores: el beneficio económico, el torneo como deporte y si realmente es una fiesta deportiva para todos.

Históricamente, este deporte popular nació en Inglaterra a mediados del siglo XIX. Llegó a México y comenzó a practicarse por los mineros de Real del Monte y Pachuca, Hidalgo, y en la zona textil de Veracruz, donde se practicaba, como puede entenderse, sin ser el oficio fundamental de aquellos trabajadores; luego se propagó a muchos rincones de nuestro país con sólo un balón, unos maderos y una explanada. Ahora es impulsado, sobre todo, como una mercancía más del sistema, por el beneficio económico.

Veamos, ¿el beneficio económico para quién? En primer lugar, está en manos de las grandes compañías internacionales que invierten en este evento. Para muestra, basta decir que la FIFA, organizadora del evento, no pagará impuestos al gobierno mexicano por ingresos generados de boletos, patrocinios y derechos comerciales. 

Otro dato: Diego Cosío, presidente de la Asociación Nacional de Tiendas de Autoservicio y Departamentales (ANTAD), que representa a cadenas como Liverpool, Sears, El Palacio de Hierro y supermercados como Soriana y La Comer, declaró que en este año futbolero la expectativa es alcanzar un “consumo histórico”.

Y para el pueblo, ¿cuál sería el beneficio? Sería el deporte, pero en el país pocos mexicanos podrán disfrutarlo de manera presencial por el alto precio de los boletos.

Estas entradas, además, serán muy pocas porque incluso ya han sido sorteadas; mientras, el precio por asistir a la inauguración y al primer partido en el recién remodelado Estadio Banorte va de los mil 900 a los tres mil dólares, precio que supera los 60 mil pesos.

El costo del boleto más “barato” para ingresar a un estadio mundialista en México será de unos 60 dólares, algo así como mil 200 pesos, esto sin contar las reventas.

Esto evidencia que sólo los mexicanos con mayores ingresos podrán comprar un boleto. Incluso la reventa de boletos, antes perseguida, hoy está convertida en un negocio digital acaparado por las corporaciones mediante plataformas como StubHub o Viagogo, cuyos precios se guían por la demanda, de tal forma que una entrada para la inauguración podrá costar hasta 927 mil pesos. 

De este deporte-espectáculo de consumo se valen las cadenas de televisión y las plataformas digitales para obtener ganancias adicionales por la transmisión de los partidos y la venta de publicidad comercial. 

Si hay un ganador rumbo al Mundial 2026, es el consumo, pues se activa lo que especialistas llaman la canasta mundialista, una combinación de alimentos, bebidas, electrónicos y entretenimiento que históricamente dispara las ventas.

Y de estos dos aspectos se desprende una pregunta: ¿es verdad que vivir el mundial es vivir la “alegría, la emoción, ese espíritu de unión que define a la Copa Mundial del balompié”? No. 

Para el pueblo queda verlo desde lejos, con la falsa ilusión de que “todos somos el mundial”, “hay que defender la camiseta” y el consumismo (léase playeras, bebidas embriagantes, refrescos, botanas, gorras, sombreros, banderas, compras digitales, consumo de internet, álbumes, equipos electrónicos, etcétera), que va a enriquecer a los ya muy ricos.

Por ello, más que fomentar un “espíritu de unión” en una población que en su mayoría es de escasos recursos, el citado torneo estimulará el elitismo y el empobrecimiento. La “fiebre” futbolera será capitalizada por las pocas familias que ya acumulan la riqueza en el mundo, quienes, ante la complacencia y toda la ayuda de los gobiernos anfitriones, aumentarán sus fortunas a costa de los países receptores. 

En México nos quedaremos con pobreza, contaminación, endeudamiento, clases perdidas en las escuelas, gastos extraordinarios de seguridad, violencia, entre otros problemas.

Reflexionemos. El deporte es bueno tanto para la salud como para la convivencia, el trabajo en equipo y el esparcimiento. ¡Qué lejos estamos de ese espíritu sano y recreativo de sus orígenes! 

Lamentablemente, nos queda vivir la emoción del mundial a través de la televisión y consumiendo. Por ello, además del esparcimiento pasivo, debemos recuperar sus otras cualidades. Necesitamos que la clase trabajadora sea realmente partícipe de estos eventos, con campañas educativas, promoviendo el deporte, mejorando y aumentando nuestros espacios deportivos, organizando actividades alternativas a las de los torneos principales, por mencionar algunos ejemplos. Sólo así será un Mundial para todos, más allá de la fiebre consumista a la que ha sido reducido.

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