Hidalgo es, según las cifras oficiales, un estado en pleno despegue económico. Encabeza el crecimiento anual de la actividad industrial estatal con un repunte del 20.7% a tasa anual, consolidándose en el primer lugar nacional por mayor crecimiento con un 3.1% durante el segundo trimestre de 2025. El gobernador Julio Menchaca Salazar presume que estas cifras son "resultado de la visión estratégica" de su administración. Sin embargo, detrás de los comunicados triunfalistas se esconde una realidad que ningún indicador macroeconómico puede maquillar: los trabajadores hidalguenses no ven reflejado ese crecimiento en sus bolsillos. La economía crece, pero la vida de quienes la sostienen se estanca o empeora.
El dato más elocuente de esta contradicción lo arroja la Encuesta Demográfica Retrospectiva (EDER) 2025 del INEGI: Hidalgo es el segundo lugar nacional con menos jóvenes independizados. De quienes nacieron entre 1998 y 2007 —hoy de 19 a 28 años—, solo uno de cada diez consiguió vivir fuera de la casa de su familia de origen. La tendencia ha caído de forma sostenida. Entre las generaciones de 39 a 65 años, en promedio el 36.2% se independizaba a edad temprana. Entre los jóvenes actuales, esa proporción se redujo a apenas 9.3%. La explicación es sencilla y devastadora: el salario no alcanza para independizarse ni para casarse y tener hijos, a pesar de haber estudiado una licenciatura.

Además, mientras el gobierno estatal celebra la generación de empleo —Hidalgo registró el tercer lugar en puestos de trabajo remunerados a nivel nacional durante el cuarto trimestre de 2025—, la otra cara de la moneda revela que ese empleo es, en su mayoría, precario e informal. La Secretaría del Trabajo de Hidalgo reconoció que alrededor del 70% de la población ocupada en el estado labora en la informalidad, lo que limita su acceso a seguridad social, vivienda y otras prestaciones. Los trabajadores informales no cuentan con afiliación al Seguro Social, ni vacaciones, aguinaldo, liquidaciones por despido o acceso a vivienda. La economía informal en Hidalgo creció un 7.6% en el Valor Agregado Bruto durante el cuarto trimestre de 2025, muy por encima del promedio nacional de 4.0%, colocando al estado en el cuarto lugar nacional. Los puestos de trabajo remunerados en la economía informal aumentaron un 5.8%, también por encima de la media nacional.
El estudio "Persistencia en Pobreza Laboral 2024-2025" del Centro Espinosa Yglesias (CEEY) revela que, aunque Hidalgo muestra una reducción en la pobreza laboral, el 65.7% de los hogares hidalguenses en pobreza laboral a finales de 2024 —aproximadamente 450 mil de 685 mil— permanecieron atrapados en esa condición durante todo 2025, impactando a más de 1.8 millones de personas. En municipios como Tulancingo, Mineral de la Reforma y Actopan, donde predominan las maquiladoras textiles y la agroindustria, los ingresos medios mensuales de 6 mil 200 pesos apenas cubren la canasta básica alimentaria para una familia de cuatro; ya ni hablemos de las regiones indígenas como la Huasteca y la Otomí Tepehua donde gran parte de las familias dependen de los apoyos gubernamentales por la falta de empleo. La inflación alimentaria, que subió 5.2% anual, exacerba aún más la vulnerabilidad.

Así, Hidalgo crece en cifras macroeconómicas: lidera la actividad industrial, la construcción, la manufactura. Pero ese crecimiento no se traduce en bienestar para la mayoría. La economía informal crece a la par de la economía formal, o incluso más. Los jóvenes no pueden independizarse. Siete de cada diez empleados carecen de seguridad social. Casi siete de cada diez hogares permanecen en precariedad. ¿por qué?
El economista Andrés Piqueras, en su análisis del capitalismo contemporáneo, sostiene que el sistema atraviesa una "decadencia permanente", caracterizada por el "recrudecimiento de la desigualdad, la explotación, el desempleo". Para Piqueras, el capitalismo ha entrado en una fase que denomina "capitalismo terminal", donde el capital ficticio especulativo-parasitario se pone al mando y la política abdica de su función de garantizar la vida de las mayorías.
Lo que ocurre en Hidalgo no es un caso aislado, sino un síntoma de una crisis sistemática. En México, 9.2 millones de jóvenes de 15 a 29 años tienen trabajos informales, lo que representa el 60% de ese grupo etario. La precariedad laboral es estructural. A nivel mundial, el capitalismo ya no garantiza los medios de vida para la mayoría de la población. La productividad crece, la riqueza se concentra, pero los salarios se estancan, la vivienda se encarece, la seguridad social se desvanece. El sistema ha dejado de cumplir su promesa básica: que el trabajo digno permita vivir dignamente.

Como señala Piqueras, el capitalismo contemporáneo se sostiene sobre la base de "la expropiación del hacer, del trabajo y de la vida de otros a partir de la apropiación de los medios de...". Es un sistema que extrae valor de la vida misma y devuelve precariedad.
Hidalgo es un espejo de este fracaso. Sus cifras de crecimiento económico son reales, pero son cifras huérfanas de justicia social. El estado crece, pero sus hijos no pueden irse de casa. La industria se expande, pero los trabajadores no tienen seguridad social y los hogares permanecen en la trampa de la pobreza laboral.
El desafío no es solo para Hidalgo, ni siquiera para México. Es un desafío para un modelo económico que ha demostrado, una y otra vez, que el crecimiento sin distribución no es desarrollo, sino acumulación de privilegios para unos pocos y precarización generalizada para las mayorías. El capitalismo, en su fase terminal, ya no es opción para garantizar la vida. La pregunta que los hidalguenses —y todos los trabajadores del mundo— deberían hacerse es: ¿qué viene después?
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