MOVIMIENTO ANTORCHISTA NACIONAL

CRÓNICA | ¡Por cinco segundos me sentí profesional!

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• Más de 10 mil deportistas celebran el deporte popular con la XXII Espartaqueada en Tecomatlán

Cuando el sol apenas comienza a levantar el frío de la mañana sobre la tierra mixteca, el municipio de Tecomatlán ya está en movimiento. No se trata del ir y venir habitual de un día cualquiera: hoy el ambiente es distinto. 

En un tiempo en el que el deporte profesional suele convertirse en espectáculo caro y lejano para la mayoría, en Tecomatlán ocurre algo distinto: las canchas están abiertas.

Desde muy temprano se escucha el eco de los balones rebotando, las voces que se llaman entre equipos y el murmullo de la gente que camina rumbo a las canchas. Miles de deportistas, jóvenes, niños, campesinos, maestros y trabajadores llegaron desde distintos puntos del país para participar en la XXII Espartaqueada Deportiva, organizada por el Movimiento Antorchista Nacional.

Las canchas se llenan desde las primeras horas del día. En cada una se disputan encuentros intensos donde nadie quiere dar una pelota por perdida. 

El golpe del balón contra el piso, los silbatazos de los árbitros y las porras que animan desde las gradas improvisadas se mezclan hasta formar un solo sonido. Equipos de varios estados defienden sus colores con entusiasmo, mientras los espectadores celebran cada enceste y cada jugada bien armada.

Pero más allá del marcador, hay escenas que dicen mucho sobre el verdadero espíritu de estas jornadas deportivas. 

A un lado de la cancha de basquetbol, un pequeño grupo de niños sigue el partido con atención absoluta. No apartan la vista de la pelota. Esperan el descanso con la misma ansiedad con la que otros esperan el final de un juego.

Cuando por fin suena el silbatazo que anuncia la pausa, los niños corren hacia la cancha. Uno intenta botar el balón con rapidez, otro se anima a lanzar al aro desde lejos, y todos tratan de imitar las jugadas que acaban de ver. 

Entre risas, uno de ellos —con una playera de Durango que le queda un poco grande— levanta los brazos después de encestar y dice, orgulloso:

—¡Por cinco segundos me sentí profesional!

La frase provoca risas entre sus amigos, pero también resume algo que aquí se repite muchas veces: la ilusión de ser parte del juego hecha realidad.

Por las canchas también se ven rostros cansados, pero satisfechos. Son los de quienes entrenaron durante meses en sus comunidades para poder competir. Jóvenes que aprovecharon cada tarde libre para practicar, maestros que acompañan a sus alumnos y los animan desde la orilla, trabajadores y campesinos que, después de largas jornadas, encontraron en el deporte una manera de superarse.

Incluso los vendedores ambulantes, que llegaron pensando en su jornada de trabajo, terminan contagiados por el ambiente. Más de uno deja por un momento de ofrecer su mercancía para seguir con la mirada un contraataque o un tiro de tres puntos que levanta a todo el público.

En un tiempo en el que el deporte profesional suele convertirse en espectáculo caro y lejano para la mayoría, aquí ocurre algo distinto. Las canchas están abiertas, la entrada es libre y el protagonista es el pueblo mismo.

Por eso, la Espartaqueada no es solamente una competencia. Es también un encuentro donde la gente demuestra que, cuando se organiza, puede construir espacios para convivir, para competir con dignidad y para celebrar el esfuerzo colectivo. Aquí el deporte deja de ser un privilegio y vuelve a ser lo que siempre debió ser: una actividad para todos.

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