MOVIMIENTO ANTORCHISTA NACIONAL

CRÓNICA | El Principito llegó a Tecomatlán

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Apenas leí el guion de “El Principito” e inmediatamente imaginé a los actores, las escenas y lo difícil que sería montar la obra encontrando los personajes adecuados para lograr impactar en el público.

Era el mes de octubre, como decía mi abuelita, “el mes de la luna grande”, y ya iniciaban los ensayos de la obra, no sin antes pasar por una selección para los actores, principalmente alumnos de la preparatoria licenciado José Ponciano Arriaga Leija. 

Viéndose reducidos por el presupuesto, se emprendió la búsqueda de lo que fuera para la escenografía de la obra, desde la silla que tenía una pata rota, hasta una caja vieja…

Aunque ya estaba casi todo el elenco, faltaba el actor principal, el Principito; debía tener varias características, alguien que tuviera una estatura mediana o que finalmente pareciera niño, para no despegarse del personaje de la obra.

Todos dijeron que Jareth sería el más apropiado, aunque no es alumno de la preparatoria, sino que se trataba de un niño de diez años que estudia la primaria y que le gusta andar en todo; ya ha participado en baile, en poesía, pero el teatro es otra disciplina que requiere de otras habilidades actorales. 

Comenzó con la memorización y se fue aprendiendo los diálogos, dificultándose un poco la parte de la actuación. Con trabajo —y muchos regaños, porque se la pasaba jugando con sus compañeros—, finalmente se aprendió los diálogos y terminó por aprender la parte de la actuación del personaje.

El proceso no fue fácil, pues en el camino dos o tres actores decidieron ya no estar en la obra, ya que los ensayos exigían tiempo y disciplina.

Al pasar los días, no sólo había preocupación por sacar bien el trabajo de la obra, sino porque no había recursos para utilería y transporte. Estaban pensativos, porque la renta de un camión hasta Tecomatlán, Puebla, no es nada económica. 

Emprendieron colectas públicas y actividades económicas y gestiones ante los diferentes niveles de gobierno en busca de respuestas a su petición.

Viéndose reducidos por el presupuesto, se emprendió la búsqueda de lo que fuera para la escenografía de la obra, desde la silla que tenía una pata rota, hasta una caja vieja que tenía la maestra Amaranta en su casa y que, a escondidas, la sacó para realizar el pozo.

Los arcos de metal se realizaron con el “mecánico” de Antorcha —le decimos así porque siempre nos espera con los pagos cuando arregla nuestros viejos y descompuestos carros—; sólo bastó con decirle que era para una obra que se presentaría en Tecomatlán e inmediatamente accedió, diciendo: “Es para los muchachos, hay que ayudarlos y hagan un buen papel”.

Entre llantos y risas, se llegó el día de partir rumbo al emblemático pueblo de Tecomatlán, cuna del Movimiento Antorchista Nacional, y las paredes del auditorio “Clara Córdova Morán” serán testigos del trabajo que, desde los actores, padres de familia, activistas y antorchistas en general, hicieron lo que pudieron para que fuera posible esta presentación.

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